José Andraca, una leyenda viva de la jineteada argentina

El gran jinete de Tandil repasa su carrera, recuerda sus mejores montas y asegura que a la hora del espectáculo, más que un adversario, el caballo es un compañero.

En esta primavera, la gente de campo está volviendo a disfrutar intensamente de una de sus grandes fiestas populares: la jineteada. Durante los próximos fines de semana habrá encuentros con montas especiales, entrevero de tropillas, costillares al asador y mucho folklore en Navarro, Cristophersen, Carmen de Patagones, Larroque, Rawson, Lincoln… Todas las regiones del país tienen sus circuitos en marcha y los jinetes no se quieren perder ninguna fiesta. Subirse a un caballo bien bellaco, aguantar hasta la campana y recibir el calor del público es una sensación única.  

Para sentir aunque sea un poco de lo que viven esos hombres temerarios, vale la pena conversar con una verdadera leyenda de la jineteada, el cinco veces campeón de Jesús María José Andraca.

José Andraca en El Tilingo, de C Casas

Fue a fines de los años 70 en el haras Firmamento, cerca de Mar del Plata, cuando montó por primera vez a un potrillo alazán de dos años. José tenía doce, le pusieron una grupa al potrillo y él dijo que sí. “No me caí. Fue como demostrar algo que yo sabía que tenía”, recuerda hoy, a sus 54 años.

“De chiquito la diversión era montar una oveja. Yo era salvaje, agarraba un caballo y si sabía que era potro lo montaba seguro”, agrega el oriundo del paraje La Pastora, en Tandil, hijo de un tambero y domador, pero reconoce que su primer sueño en realidad fue ser futbolista.

Claro que el destino lo llevó para otro lado. Poco después de aquella primera monta que permanece viva en su memoria tuvo otro triunfo personal. Fue en una fiesta grande en Laguna de los Padres. Un amigo de su padre iba a montar un caballo para una colecta especial, pero se enfermó y Andraca se animó a reemplazarlo. “Era un caballo oscuro inmenso y lo monté como si nada. Incluso estaba tan verdecito yo que ni guardaba respeto, estaba re creído, hice una monta espectacular. Me ovacionó todo el mundo”, dice.

Un año más tarde, en la localidad de Nicanor Otamendi y con solo 14 años, tuvo su debut en la competencia oficial ante el público, y la fama del chico que montaba animales grandes empezó a crecer. Salió segundo en categoría crina y clasificó en categoría grupa, pero en la final lo bajó un caballo. “Ahí empecé a comprender que te tiraban a la miércoles”.

Entonces a Andraca lo empezaron a invitar a diferentes fiestas, llegaron los premios y la pelota de fútbol quedó definitivamente en el olvido. El paisano agarró fuerte las riendas de sus ilusiones. Iba solo al teléfono público de la estación de servicio y llamaba a lugares lejanos donde se hacían jineteadas que sonaban importantes. Y las invitaciones empezaron a llegar. 

Uno de los puntos de giro fue su participación en la fiesta de El Prado, en Montevideo, aquella que el joven solía escuchar por la radio junto a su padre. Una delegación lo llevó hasta allá y Andraca no decepcionó: volvió con una mención especial en la categoría crina y con varios nudos desatados. “Vine más relajado y predispuesto, y se me fueron dando muchas cosas que para cuando llegué a Jesús María, en el 89, yo ya era muy conocido, había estado en muchas provincias del país y haciendo montas especiales”.

En Jesús María fue cinco veces campeón en categoría crina, a pesar de que su categoría preferida era grupa. Los años noventa fueron fructíferos para el jinete, y muy demandantes.

“Siempre trabajé en el campo, con los caballos, y cuando volvía trotaba unos cuantos kilómetros, saltaba la soga… Tenía que tener el físico bien preparado porque si no me rompía todo. Siempre relacioné mi preparación física con la del boxeador, que te da pocos kilos, muchos reflejos y resistencia”. 

Andraca se considera un afortunado por no haber tenido grandes golpes, especialmente en sus inicios. A pesar de eso, asegura que un 35 por ciento de su carrera la hizo con el físico al 40 por ciento. “Tener un desgarro en un aductor o las dos rodillas rotas, en una disciplina de alto rendimiento, es un error garrafal. Pero tenía que caminar derechito y tratar de cumplir el objetivo, cumplir con gente que me había contratado seis meses antes”, dice.

A la hora de recordar caballos, Andraca nunca deja de nombrar al Cruz Montiel, un gateado de Coronel Pringles, de la tropilla La Revoltosa de Cacho Althabe, con genética de reservado. “Lo monté muchisísimas veces, era un clásico. Si bien muchas veces me tocó perder, hubo muchas otras en las que pude salir victorioso gracias a él”, recuerda, y asegura que para él “la jineteada no es una batalla sino un juego en equipo”. “Yo jamás rivalicé con un caballo, yo al caballo lo adoraba, era el compañero que yo tenía ahí adentro. Yo lo que quería era que saliera un espectáculo bueno”, explica. 

Según su descripción, el Cruz Montiel tenía unos movimientos muy naturales, era muy seguro y no necesitaba incentivos para brindar un buen espectáculo. “Casi no era necesario usar rebenque y espuelas, entonces vos te dedicabas solo a hacer tu estilo. Con un sencillo acompañamiento hacía que saliera un buen puntaje, y ahí ya dejabas medio sellada la fiesta y si no ganabas estabas ahí cerquita”, dice. 

Arriba de los caballos, los sentidos de Andraca se potenciaban, podía percibir cosas que al resto de los mortales pasan inadvertidas. Durante catorce segundos, desde que largan al potro hasta que suena la campana y llegan los apadrinadores, el jinete siente cada cambio de paso que hace el animal, observa hacia donde va su mirada, aplica estrategias para sacar lo mejor de él. Y también percibe de antemano cuando el caballo lo va a tirar. 

La adrenalina que se gana en esos instantes es una sustancia a la que el cuerpo se acostumbra y vuelve a pedir. Tal vez por eso, a Andraca le costó mucho retirarse. Hasta que el cuerpo y los potros le dijeron basta. Hace ocho años, en una monta se le abrió la pelvis casi dos centímetros. Así y todo, cumplió con algunos compromisos que tenía asumidos y finalmente colgó las espuelas.

Hoy disfruta desde otro lado. Vive en Tandil, ve crecer a sus cuatro hijos -un varón y tres mujeres-, y por supuesto que cria caballos y tiene su propia tropilla de reservados. Se define como un agradecido de la vida. “La cría de reservado es algo que solamente nosotros entendemos. A mí me preguntan por qué tengo 80 caballos en lugar de tener diez vacas. Porque otra vida no voy a tener, esta es la vida que yo tengo”, concluye Andraca, mito viviente de la jineteada argentina.

Un sector organizado

Además de requerir jinetes corajudos y bien entrenados, el espectáculo popular de la jineteada necesita caballos fuertes, sanos y que corcovéen con furia, algo que no es tan sencillo de conseguir. Ahí está el rol de los tropilleros, que crían y seleccionan a sus mejores ejemplares para llevar a las fiestas. Según Andraca, los caballos de jineteada alcanzan su madurez a alrededor de los seis años, y en esa etapa se los puede echar a la cancha unas tres veces por año. 

Por lo tanto, abastecer de reservados a la enorme cantidad de fiestas y festivales que hay en todo el país implica contar con una base de animales muy grande. Para que esa base sea cada vez mejor y para que la caballada sea manejada con responsabilidad, atendiendo a la sanidad y a los principios de bienestar animal, se fundó hace unos años la Asociación Argentina de Criadores de Caballos para Destrezas Gauchas, que ya tiene más de mil ejemplares inscriptos en sus registros genealógicos.

La Asociación de Destrezas Gauchas es una de las entidades que conforman la Cámara de la Industria Nacional Equina (CAMINE). Desde allí trabaja para promover y defender los intereses de la producción equina en la Argentina. Entre los principales objetivos se encuentra la generación de estrategias para el control sanitario, la promoción del bienestar animal y el impulso de una renovación de la Ley de fomento equino que reconozca el valor económico y social de la cría de caballos en todo el país.  

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